lunes, julio 21, 2008

Encrucijada de discursos


Extractado de LA BRÚJULA, Semanario  de la Comunidad Madrileña de la ELP Nº 124      En Madrid, a  30 de Junio de 2008
 

El Miércoles 25 de junio de 2008 la Biblioteca del Campo Freudiano de Madrid  invitó a la presentación del último libro de Ana Ruth Najles que lleva por título: “Problemas de aprendizaje y psicoanálisis”  Junto a la autora intervinieron Carmen Cuñat y Gustavo Dessal, coordinando la mesa Elena Catania. En la proxima Brújula aparecerá una amplia reseña del acto, a raíz del cual se produjo un interesante debate. A continuación,  la intervención  realizada por Carmen Cuñat
Tenemos que agradecer a Ana Ruth Najles la publicación de este libro pues aunque esa no haya sido su pretensión, se presenta como un verdadero manual para abordar el psicoanálisis con niños. Los que nos dedicamos a esta práctica estamos verdaderamente necesitados de libros en lengua castellana de esta envergadura.
Es un libro repleto de indicaciones precisas, con sus respectivas referencias bibliográficas, bien fechadas, de Freud, Lacan,  de J.-A. Miller y otros. Son indicaciones cuya solvencia se demuestra en una elaboración sostenida que hace suponer muchos años de estudio y muchos años de análisis personal también.
Sin duda, es esto último lo que ha hecho posible que la autora pueda abordar, ayudándose de buenas preguntas y de respuestas sopesadas, la práctica con niños de una manera estructurada.
El  psicoanálisis lacaniano no debe o no debería plantearse la clínica por un lado y la teoría por otro, nos recuerda J.- A. Miller en su curso sobre el Seminario de Lacan “De un Otro al otro”. Se trata para el psicoanálisis de “una teoría de la práctica” o de una  práctica estructurada  por la teoría.
Esto se hace imprescindible para abordar la clínica con niños, que corre el riesgo siempre de extraviarse, como señala la autora, de derivar en otra cosa que nada tiene que ver con el psicoanálisis. Y ello, quizás, por tener que lidiar diariamente con otros discursos. Es sobre este capítulo sobre el que querría centrar mi intervención, capítulo que no se reduce a uno en el libro pero que lo atraviesa por entero. Este libro nos es en verdad muy útil para abordar esta cuestión, ya que A. R. Najles nos recuerda ampliamente la diferenciación que hace Lacan de los cuatro discursos en el Seminario XVII para, al mismo tiempo, poder dar todo su lugar al discurso analítico propiamente dicho.
Pero este libro esta dedicado particularmente a un tema: “Los problemas de aprendizaje”. Para abordar esta cuestión, la autora no acude por supuesto a un decálogo de disfuncionamientos técnicos ni tampoco a una declinación de interpretaciones sobre casos concretos. Se hace mención de 4 casos en todo el libro, los suficientes para dar cuenta de lo que está en cuestión.
En lo que sí incide la autora es en abordar esos problemas a la luz de un análisis exhaustivo de la civilización actual: “No hay clínica del sujeto sin clínica de la civilización”. Este axioma de J.-A. Miller que secunda al “no hay clínica sin ética” preside, a mi parecer toda la digresión. En efecto, la clínica de la civilización no es ajena ni a Freud ni a Lacan, pero J.-A. Miller se vio obligado, a partir de un cierto momento, a poner el acento en ella, en su curso de Orientación lacaniana y sobre todo a partir de 1997 en su curso sobre “El Otro que no existe y sus comités de ética”.
“Si el Otro no existe, si el Otro como garante de una verdad universal no existe, entonces lo que ocupa su lugar, como lo dijo  Lacan, es el discurso como principio del lazo social” A partir de esta tesis del curso citado, la autora nos recuerda cómo Lacan sustenta en el discurso como lazo social, la creación de esas formaciones humanas que son las instituciones y que tienen por esencia refrenar el goce y el significante amo, como agente de ese discurso, es el referente mayor.
El significante amo es aquel que promueve tanto la identificación como la diferencia, es aquel que funda los grupos, es aquel que fraterniza, que homogeniza y que  segrega al goce. El S1 se presenta como Ideal, como norma, como regla o principio de ley. “Cuando un ser hablante no esta tomado en el S1 enloquece”, nos señala la autora.
“El psicoanálisis nació cuando los significantes amos eran sólidos”, nació también para acordar el deseo y la ley, para aligerar el peso mortificante del ideal. El trastorno de aprendizaje en un niño puede muy bien estar sostenido en el conflicto que le supone al sujeto enfrentarse con un ideal paterno que sostiene a su vez el ideal del yo,  no acorde con el ideal educativo. Así, ese niño que padece dificultades ortográficas pero que no sufre por ello y cuyo padre plantea que “la ortografía es la ciencia de los asnos”.
Pero la civilización actual presidida por el Otro que no existe ha terminado por poner en cuestión los significantes amos clásicos o en cualquier caso, los ha hecho proliferar para relativizarlos, de tal manera que el ser hablante se encuentra con graves dificultades para orientarse.
Lo que la autora señala también muy bien es cómo a los  cuatro discursos clásicos que venían a suplir al Otro que no existe se ha venido a añadir ese “falso discurso”, como lo llamaba Lacan,  que es el discurso capitalista, cuyo agente es ese sujeto desorientado.  Este sujeto desorientado, sin embargo, “pasa” de los significantes amos, podríamos decir y  le pide a la ciencia que le procure objetos de goce, que le permitirían  la integración directa y total del goce. El capítulo titulado “Todos consumidores” transmite muy bien la idea de que ese sujeto no sólo  consume objetos sino que a la vez es consumido por esos objetos, de ahí también el desasosiego y la desorientación.
Y bien, a mi parecer, es este sujeto el que  se presenta en estos momentos en la consulta del psicoanalista  bajo el significante niño y también, en muchos casos, bajo los significantes padre o madre. Por otro lado, ese significante niño, en la mayoría de los casos, no viene solo, sino que viene pegado a otro significante, a modo de holofrase: el niño viene como “niño hiperactivo”. En efecto, si hay que buscar significantes amos en los que actualmente se toma al sujeto niño es la hiperactividad la que se lleva la palma. Un  significante amo por excelencia, verdadero fruto de la alianza entre del discurso capitalista y el discurso educativo.
Quisiera aprovechar la presentación de este libro y la presencia de la autora para abordar  esta cuestión que es a mi parecer la dificultad mayor que encontramos actualmente a la hora de dirigir la cura de un niño hacia el discurso analítico.
Tomemos por ejemplo el caso de un niño de 4 años que a las pocas semanas de asistir al colegio se manifiesta con una agresividad hacia los compañeros y hacia los profesores digna del héroe más imponente de la televisión, que no tiene ningún interés en aprender y  frente al cual los profesores se apremian a diagnosticar una hiperactividad así como de recomendar a los padres la visita urgente al neurólogo para hacerle tomar lo antes posible la correspondiente dosis de Ritalina.
Este mismo niño cae en la consulta de un psicoanalista poco tiempo después.  En la mayoría de los casos, este niño puede caer en la consulta de un psicoanalista por pura contingencia pero en este caso alguna “persona mayor”, que las hay, recomendó a unos padres muy jóvenes   esta otra  posibilidad de acudir a un lugar donde quizás su responsabilidad como padres de ese niño pudiera ser  tomada un poco mas seriamente.
El psicoanalista entonces se encuentra frente a un niño agresivo, subsumido en un ideal de violencia, muy poco angustiado, más bien caprichoso, que pide galletas nada más entrar en la consulta, galletas que no puede comerse porque no le quedan manos, ya que con las dos sujeta una bolsa llena de juguetes, de colecciones de juguetes más bien, que le sirven sobre todo para despreciar y dar patadas a cualquier otro objeto que el analista le presenta.
Cuando por fin el analista consigue que el niño deje de dar patadas y se interese, por ejemplo, por colorear un dibujo, haciendo un buen ejercicio de someterse a los limites (del dibujo), el niño sale corriendo del despacho del analista para mostrarle el dibujo al padre. El padre, entonces, exhibirá sus mejores dotes de padre comprometido, según los libros de autoayuda,  reforzándo la autoestima del niño, diciéndole: “¡Qué bonito!, ¿lo has hecho tu solo? “,  sin darse cuenta que está mirando la hoja que le presenta el niño por la parte de atrás y que, por lo tanto, sólo esta admirando los restos que ha dejado la tinta del rotulador en el papel.
El resultado es que  el niño enloquece de nuevo. Exasperado vuelve a pedir galletas, arrampla con la bolsa de juguetes y se precipita a la puerta del ascensor sin esperar a que alguien le muestre la salida.
Este mismo niño se presentará en la siguiente sesión con un único juguete, una pistola con sus correspondientes proyectiles, “de juguete por supuesto” como  señala rápidamente el padre al analista para tranquilizarle.
Es este niño, a mi parecer, el que nos hace reflexionar. Es aquel también al que creo que se refiere Gustavo Dessal en su excelente Prólogo pues ya otras veces se ha referido a él  y, como se decía antiguamente, sin demasiadas contemplaciones. Este niño en torno al cual todo parece girar pero que, como bien dice Gustavo, más que un falo soberano, His majesty the baby, se presenta como algo extraño e insoportable.
Y bien, irremediablemente, la primera reacción del analista, por muy advertido que esté de sus prejuicios, de sus resistencias y de sus nostalgias, es preguntarse dónde esta la educación de este niño, aquella que habría que aligerar del peso mortificante de los ideales. Y además,  ¿por dónde habría que empezar?
Por decirle al niño lo que se puede hacer y lo que no en la consulta, cosa que a mi parecer tiene siempre buenos resultados.
Por decirle al padre que al menos intente mirar la hoja en el buen sentido si quiere saber lo que ha aprendido el niño en un escaso cuarto de hora o, yendo un poco más allá, plantearle directamente en la sala de espera delante del niño y de otros, sin esperar más, que la consulta no es el lugar más apropiado para enseñar al niño a disparar proyectiles.
O empezar por decir a los profesores que reclaman inmediatamente el informe correspondiente, que quizás este niño como tantos otros acaba de tener una hermanita, que ha sido destronado en efecto (argumento clásico pero que sorprendentemente tiene efectos de división aunque sólo sea por su carácter extemporáneo) y que quizás hay que darle un poquito de tiempo para que vuelva a su sitio antes de querer sentarle en la silla con los remedios rotundos de la Ritalina.
O todo a la vez.
En efecto, “el psicoanálisis con niños pone a prueba la relación que cada practicante tiene con el discurso analítico”, como bien dice la autora en la página 49 pero es,  a mi parecer,  no siempre a causa de una “confusión discursiva” sino a causa de esta posición difícil  del psicoanalista de niños de tener que  estar irremediablemente en una encrucijada de varios discursos que, a su vez,  se destituyen unos a otros.
Creo que A. R. Najles estará de acuerdo conmigo en decir que para el trabajo con niños  es necesario plantearse también algunas cuestiones preliminares y creo que su libro nos orienta en este sentido.
La civilización actual promueve, en efecto, esta figura del “niño generalizado”, un sujeto que no se hace responsable de su goce, y eso va para los padres también, un sujeto niño como bien dice la autora, no tanto objeto del fantasma de la madre sino “sujeto identificado con el objeto de su propio fantasma”.
También, unos padres que se convierten en niños y que, a su vez, abandonan el niño a su suerte o que lo ponen en manos de  la violencia del grupo, como bien señala H. Arendt.
Por otro lado, la educación, hasta ahora representante mayor del discurso del amo, se ve asediada cada vez más, en efecto, por el discurso universitario, ya que el educador también pone al saber en el lugar del agente, ese saber que “se especifica por ser, no saber todo, sino todo saber”
Respecto a esto último, cabe preguntarse en qué discurso colocar la figura del psicopedagogo, el evaluador por excelencia del niño, del educador, de los padres y de todo aquel que pretenda manejarse con un saber atravesado por la incompletud, que necesita del amor para saberse y que remite en última instancia, como lo propone el discurso analítico, a un agujero fundamental.
Pero el discurso universitario se ve asediado, a su vez, por el discurso capitalista. Esto es lo que plantea la autora en la página 65: “Puede afirmarse  que a la era del proletariado le ha sucedido  la del estudiante ya que el mundo del mercado exige cada vez mayor competencia. Así, cada vez más se pide un nivel mayor de estudio para los niños, queriendo demostrar que los que son dejados de lado por el saber se transforman en desechos de la sociedad: si no hay diplomas, no hay trabajo, no hay dinero, de tal manera que el fracaso escolar se convierte en un fracaso vital”. Afortunadamente, podemos decir que hay muchos jóvenes que con sus inventos se oponen a este destino funesto. En cualquier caso, esto último es lo que persigue el psicoanálisis aplicado a la terapéutica con niños y jóvenes.
No quisiera terminar sin señalar el trabajo de enseñanza que hace A. R. Najles a la hora de plantearnos lo que está verdaderamente en juego en el fracaso escolar a la luz del psicoanálisis y los instrumentos que nos ofrece para abordarlo. Estos no son otros que la triada Inhibición, Síntoma y Angustia, cuya articulación la autora explica muy claramente, de la misma manera que despliega para darle toda su utilidad, el algoritmo de la transferencia, así como la cuestión de la elección y de la decisión (Cap.5)
El fracaso escolar, los problemas de aprendizaje, si los queremos abordar como síntoma, tanto de la civilización como del niño, hay que darles necesariamente el lugar  que les corresponde, como una respuesta de lo real frente al intento de dominio de esta civilización del goce por un saber regido por “el hiperparadigma de las equivalencias” - como diría  J. C. Milner en su Política de las Cosas, otra referencia mayor en este libro -paradigma a partir del cual todo vale, hasta la estupidez,  si es susceptible de  ser evaluado, de ser comparado, de ser comercializado.

domingo, julio 20, 2008

Comentario Del Blog de la ELP


¿A quién mata el asesino?*
Nora Sigal de Eliscovich (Buenos Aires)


* [Psicoanálisis y criminología] ¿A quién mata el asesino? Por Silvia Elena Tendlarz y Carlos Dante García. 1ª edición.- Buenos Aires: Grama Ediciones, 2008.

Los autores demuestran en este exhaustivo texto que es posible la articulación del psicoanálisis con la criminología, que la pregunta por quién mata el asesino es propia de este encuentro de los discursos, donde distinguirán tres elementos unidos entre sí: crimen, asesino y víctima. Encuentro que no será ni fácil ni armónico, sino del orden de lo posible.

Partiendo de la interrogación del sentido común hasta la del psicoanálisis pasando por el derecho y el discurso psiquiátrico, el texto aborda tanto casos clínicos, como historias literarias, historiales psiquiátricos, películas o crímenes de distintas épocas. La relación del sujeto criminal con su acto será el eje conductor que permitirá un acercamiento a la estructura particular de los criminales psicóticos. Acto criminal y estructura serán abordados a partir de su interrelación, sus motivaciones, bordes, acercamientos y diferencias. Aclaran los autores que su interés es “desarrollar la posición del sujeto manifestada en el acto criminal, junto a la lógica del pasaje al acto, sin desentendernos por ello de la existencia real de la víctima”. ¿O acaso es posible la lectura de tantas atrocidades sin conmover al lector, o al estudioso del tema?

La violencia como fenómeno en su manifestación contemporánea es abordada principalmente a partir de la pregunta por quién es un criminal hoy, si es correlativo a una especificidad de la época o a una estructura que se manifiesta en forma diferente de acuerdo a los distintos períodos de la historia. Los monstruos, los anormales, tienen su forma privilegiada según el momento histórico que se plantee para su estudio.

Especial atención merece a lo largo del texto el tratamiento del pasaje al acto y su relación con las distintas estructuras, así como su entramada relación con el acto. Acto homicida, acto criminal, suicidio, delito contra las personas, asesinato, distintos términos y sus eruditas explicaciones se ligan con el concepto de culpa tanto en su fenomenología como en su estructura; aclarando que la responsabilidad es la respuesta del sujeto ante la culpa estructural. Para llegar a esta conclusión deberán abordar el concepto de responsabilidad en psicoanálisis, otra vez distinguiéndolo de otros discursos.

En el análisis de los distintos orígenes del crimen, destacamos la importancia otorgada a ese objeto éxtimo, al kakon, del cual, “el ser que golpea en el exterior es el que constituye su ser más íntimo”. Para ejemplificar esta noción, así como tantas otras, abarcarán desde casos célebres de la psiquiatría (el pastor Ernest Wagner, el caso Aimée, las hermanas Papin, Pierre Rivière, el cabo Lortie en Canadá) hasta ejemplos de la actualidad (Althusser, Hortensia, el caso Barreda, el alumno de Carmen de Patagones, los asesinos de Columbine High School), no sin dedicarse a los serial killers (Jack el destripador, Gilles de Rais llamado Barba azul, Báthory), así como los asesinos en masa o spree killers, capaces de matar súbitamente a muchas personas en períodos muy cortos de tiempo.

Siguiendo en la línea rigurosa de trabajo, los manuales diagnósticos de la psiquiatría son abordados desde la falencia que supone el diagnóstico diluyente de la singularidad, “apelando a universales clasificatorios que se desentienden del caso por caso”.

Retoman con precisión los autores la construcción del concepto de perversión como estructura clínica destacando la constancia de goce como respuesta así como, entre otras, la frase de J.-A. Miller: “En la época victoriana de Freud, la neurosis obsesiva era el ideal de la sociedad; en la nuestra, el perverso está cada vez más presente, como norma social”.

Es absolutamente pertinente la distinción diagnóstica que hace a cada criminal, a cada sujeto un caso particular. Ejemplares son los casos como el de John Wayne Gacy, el asesino payaso, al cual se le adjudican gran cantidad y variedad de diagnósticos, no siempre compatibles, o el de Albert DeSalvo, el estrangulador de Boston, o el de Jeffrey Dahmer, el caníbal.

Finalmente, concluyen los autores, “la pregunta que guía el texto, coincidente con su título: ¿A quién mata el asesino?, lleva implícita la pregunta de a quién se dirige, a qué Otro se dirige con su acción –que en este caso es la de hacer existir a La mujer”. Pregunta abarcada con erudición y detalle de inicio a fin. Así como la interrogación tan pertinente al analista sobre los términos “responsabilidad”, “sujeto de derecho” y “sujeto de goce”. Analista que, al decir de Tendlarz y García, no se escapa frente a la muerte y al dolor de existir.

martes, enero 08, 2008

Videos de J. Lacan y S. Freud

Videos relacionados con la historia del psicoanálisis, Sigmund Freud y Jacques Lacan en TouTube

Ver aquí

jueves, enero 03, 2008

Nota sobre una izquierda lacaniana

Jorge Alemán

I.
Por el carácter extremadamente conjetural de la nota aquí propuesta, por su clara dimensión especulativa, se impone una exposición en primera persona. El carácter provisional de esta nota queda patente en la propia expresión “izquierda lacaniana”, expresión que, evidentemente, reúne términos que no han surgido en principio para estar juntos y que por tanto abren siempre una cuestión sobre la legitimidad de su vinculación. Salvando las distancias, como cuando en Europa decimos “izquierda peronista” y de inmediato se multiplican las suspicacias sobre el carácter fundado de la expresión. El comentario aquí presentado intentará entonces darle alguna verosimilitud a su título.

II.
En primer lugar se impone una pregunta: ¿qué significa ser de izquierda en el siglo xxi? Qué valor tiene la expresión y qué tipo de compromiso designa cuando el relato histórico que dio lugar a la misma se ha desvanecido tanto en su praxis teórico-política como en su eficacia simbólica para dar un principio de legibilidad sobre lo que es la realidad. Sin embargo, creo que se puede entender por izquierda la posición que asume los siguientes puntos. A) Ninguna realidad, por consistente y hegemónica que se presente, como por ejemplo el capitalismo actual, debe ser considerada como definitiva. Sabiendo que, actualmente, para no considerar definitivo al capitalismo es necesario hacer un gran esfuerzo, ahora que, en su amalgama con la Técnica, ha logrado poner a todo el “ser de lo ente” a disposición para emplazarlo como mercancía. Por inconcebible que sea postular el corte o la ruptura en el “rizoma” capitalista, por indeterminada que sea la expresión “lucha anticapitalista”; pues es difícil establecer con respecto a la misma cuál es su verdadero lugar, por irrepresentable en suma que sea su salida histórica y aunque una y otra vez incluso se pueda establecer entre el Capitalismo y la existencia humana una relación ontológica, ser de izquierda implica insistir en el carácter contingente de la realidad histórica del Capitalismo. Aún cuando su salida o pasaje a otra realidad haya quedado diferida, aún cuando ese tránsito nunca esté garantizado y pueda no cumplirse, aún cuando esa otra realidad distinta de la del Capitalismo ya no pueda ser nombrada como Socialismo. En cualquier caso, ser de izquierda es no dar por eterno el principio de dominación capitalista. B) A su vez, ser de izquierda es pensar que la explotación de la fuerza de trabajo y la ausencia de justicia no sólo sigue siendo un insulto de primer orden hacia la propia construcción de la subjetividad, sino que la brecha ontológica en la que el sujeto se constituye, la división incurable que marca a su existencia con una singularidad irreductible, sólo puede ser captada en su “diferencia absoluta” por fuera y más allá de las jerarquías y divisiones instauradas por el poder de mercado. Por ello, el impensable fin del Capitalismo, si tuviera lugar, sería paradójicamente el comienzo del viaje, el inicio de la afirmación tragicómica de la existencia, el “tú eres eso” de un sujeto por fin cuestionado, sin las coartadas burguesas que desde hace tiempo lo llevan inexorablemente a estar disponible para todo.

III.
La izquierda marxista puede elaborar su Final en el único ámbito en el que ese Final puede adquirir un valor distinto al de cierre o cancelación, un Final que no es tiempo cumplido sino oportunidad eventual para otro comienzo. Ese ámbito tal vez pueda ser el pensamiento de Jacques Lacan, única teoría materialista sobre el Malestar de la Civilización propio del siglo XXI. El hecho de que Lacan planteara la elaboración de su discurso como una “praxis sobre lo real-imposible”, sobre un real al que no puede acceder el discurso pero que a la vez es a través del discurso (comprendiendo en esto la escritura) que se puede acceder, esta cuestión primordial de lo Real es lo que distingue su intento teórico del de la Hermenéutica, la Deconstrucción y las “otras Éticas”. Considero que Lacan constituye el único intento serio de poner a prueba hasta dónde lo simbólico puede y no puede transformar a través de una praxis lo Real. Dicho de otra manera, lo simbólico es la condición de posibilidad e imposibilidad al mismo tiempo para transformar lo Real. Por ello, tal vez no haya otro discurso como el lacaniano para reconocer con la mayor honestidad lo que enseña una praxis en su impotencia por modificar lo Real. Y por esto mismo, el pensamiento de Lacan puede ser la oportunidad para iluminar con un cierto coraje intelectual lo que aún permanece impensado en el Final: la derrota a escala mundial, a partir de los setenta, del proyecto revolucionario de izquierdas. Derrota que el Saber postmoderno escamoteó para el pensamiento. En este aspecto, Lacan desde el comienzo ha preparado a través de lecturas y puntuaciones diversas, las condiciones para que el pensamiento marxista pueda elaborar su propio final, en el único lugar donde la elaboración es posible, en el trabajo de Duelo que se hace fuera del Hogar.
        Lacan comenzó “deshegelianizando” el materialismo de Marx, planteando un hiato irreductible entre la Verdad y el Saber. Pero este hiato constituirá la ocasión de un homenaje definitivo a Marx; para Lacan el inventor del Síntoma como Verdad imprevisible e incalculable que no puede ser domesticada por el ejercicio de un Saber es Marx y no Freud. Desde esta primera perspectiva general se puede encontrar en Lacan, a partir de 1938, un desmontaje meticuloso de todos los motivos marxistas: el análisis de la mercancía incorporando la temática del goce pulsional, las distintas objeciones a la teleología histórica y a la metafísica de su sujeto, la presentación de una temporalidad problematizada con las distintas modalidades del retorno y liberada de todo fantasma utópico, etc.

IV.
Esas marcas de la elaboración lacaniana del Final marxista las podemos reconocer en las distintas operaciones que, de diferentes modos y en diversas secuencias, se realizan en el llamado pensamiento “postmarxista contemporáneo”. Evoquemos al menos las cuestiones que aquí consideramos más determinantes. A) Como ya hemos afirmado anteriormente, una de las primeras posiciones de Lacan es no admitir el “telos” histórico del materialismo marxista, ni los movimientos dialécticos del en-sí/para-sí, pero sí dar todo su valor de verdad a la “plusvalía” estableciendo una compleja homología con lo designado por Lacan como “plus de gozar”. Homología que permitirá establecer que el verdadero secreto del capitalismo reside en una economía política del Goce. La operación fantasmática a través de la cual el sujeto conquista su realidad y su consistencia toma su punto de partida en ese “plus de gozar” que funciona incluso en condiciones de miseria extrema. De lo que se despoja a las multitudes es de los recursos simbólicos que permitan establecer e inventar en cada uno el recorrido simbólico propicio para el circuito pulsional del “plus de gozar”. La miseria es, en este sentido, el estar a solas con el goce de la pulsión de muerte en el eclipse absoluto de lo simbólico. La no “satisfacción de las necesidades materiales” no sólo no apaga el circuito pulsional sino que lo acentúa de modo mortífero. En este aspecto el Capitalismo, al igual que la pulsión, es un movimiento circular que se autopropulsa alrededor de un vacío que lo obliga siempre a recomenzar, sin que ninguna satisfacción lo colme de un modo definitivo. Aunque siempre realice un “plus de goce” parcial y excedente a toda utilidad. Para una izquierda lacaniana, pensar las consecuencias de esa “parte maldita” en los procesos de subjetivación es una exigencia política de nuevo cuño. Por ello, si es cierto que actualmente el poder ha devenido “biopolítico”, tomando para sí como asunto esencial la “vida” biológica, en una perspectiva lacaniana agregaríamos que tratándose de la vida de los cuerpos parlantes, sexuados y mortales, es la vida del “plus de gozar”. El cuerpo del parlante no es otra cosa que la sede del plus del goce. Series televisivas de médicos, forenses, operaciones televisadas, programas de salud, en todos los casos se intenta capturar, en la época en que la ciencia quiere borrar la frontera entre el ser parlante y el animal, el plus de gozar que anima a la biología del cuerpo. ¿Podrá la Técnica transformar el plus de goce en una unidad discernible, cuantificable, localizable? No es una paradoja menor que el goce pulsional sea la única “autonomía” (no conciente ni reflexiva) que le queda a la existencia parlante frente a la exigencia técnica de que el mundo devenga imagen. B) Para Lacan lo Real no es la “realidad construida simbólicamente”. Más bien lo real es lo que impide otorgarle a la realidad una estructura universal que pueda totalizarse reflexivamente y concebirse a sí misma a través de un cierre categorial. Cualquier construcción discursiva, por Universal que se presente en sus pretensiones formales, siempre estará lo suficientemente “agujereada” para que lo real irrumpa como un exceso traumático, una pesadilla que retorna, una angustia sin sentido, una presencia invasora que pone en juego al universo simbólico en sus amarras hasta el punto de su zozobra, así como también abre la posibilidad de su renovación radical a través de la invención de una escritura. A partir de este modo de concebir lo real, lo Universal debe ser reformulado. No se trata para Lacan de postular un real inalcanzable y por tanto establecer que los discursos son todos equivalentes en su relativismo. Por el contrario, es necesario asumir que el Lenguaje siempre “paratodea” y va hacia lo Universal. A su vez, este Universal radicalmente descompletado y tachado, pues lo real impide la equivalencia Uno-Todo, debe ser mantenido como exigencia lógica frente al relativismo multicultural de las identidades. Desde la perspectiva de lo real, el Universal debe siempre presentarse en situación, mostrando el tiempo y lugar histórico que lo sostiene y ampara. ¿Necesita la izquierda de este semblante de universalidad, aún donde tenga que asumir proyectos políticos enteramente ligados a la historia de su nación? Sí, en la medida en que una experiencia con lo real nunca puede reducirse exclusivamente a una idiosincrasia o una tradición. Experiencia con lo real implica transmisión de lo imposible que estuvo en juego y del intento por franquear el impasse. Por ello, así como a una obra de arte siempre se la concibe como potencialmente al alcance de todos, la experiencia política debe aspirar a ese rango universal de transmisión, de transmisión hacia un “todos” a la vez imposible. Más allá del respeto que exista por el legado histórico y por la herencia política que en cada caso nos concierne, es necesario siempre sostener un “suplemento” de universalidad que impida una identidad cerrada sobre nosotros, un significante vacío, que vuelva imposible la apropiación de lo natal bajo cualquiera de las utopías fantasmáticas de reconciliación. En este caso, ser de izquierda es que la voluntad política, la invención política cifrada en esa voluntad, sólo es posible cuando se admite que no hay universal que apague la contingencia de lo real. Pero que sólo surgirá en las fallas de lo universal una nueva subjetividad política sin estar de antemano secuestrada por una identidad reconocida y ya sabida. Lo que advenga en Argentina, adviene para nosotros en el Otro universal, en la tensión que en toda experiencia histórica auténtica se guarda con lo incomunicable, pero es esa tensión la que no puede ser rechazada. De hecho, lo que ha provocado esta nota que aquí presento no es sólo, como se puede suponer, la velada significación que aún tiene la importante presencia del pensamiento lacaniano en la Argentina, sino lo que un célebre postmarxista me dijo en cierta ocasión, en voz baja, al modo de un chiste cómplice, casi por descuido, mientras entrábamos a una sala repleta y ansiosa por escucharlo: “Lacan, Perón, un solo corazón…” Esta nota probablemente sea una suerte de homenaje a la resonancia enigmática de ese chiste en mi memoria. C) No obstante, los pensadores que implícita o explícitamente elaboran el final marxista a partir de Lacan, pensadores de la Verdad, del Acontecimiento, del Estado de Excepción, la Contingencia, la Justicia, la Parte excluida que hace la vez del Universal, etc., tienen en general (hay una excepción) un gusto especial por oponer la política de la Representación (léase de Estado) a sus propias teorías. Para estos autores sólo hay política cuando no hay representación, pues la política “sólo debe autorizarse de sí misma”. Tal vez la supuesta fortaleza institucional europea y su Universidad haga posible que la mayoría de estos pensadores postmarxistas de impronta lacaniana reserven la energía política para un tiempo por venir del que no se dispone representación alguna. Desde la vertiente axiomática o performativa de estos pensadores, el espacio socialdemócrata es exactamente el mismo que el de la derecha conservadora, y todo su entusiasmo está en aquello que aún no tiene forma. El prestigio epistemológico del corte y la ruptura tal vez aún esté muy presente en sus respectivas consideraciones. Es cierto que vivimos en la consumación técnica de la metafísica, y esta se presenta con la misma fuerza organizadora tanto para la izquierda de tradición socialdemócrata como para la derecha conservadora. En este punto los pensadores postmarxistas tienen muchas indicaciones ontológicas que efectuar, especialmente si aún se quiere construir una teoría materialista de la praxis que no excluya al sujeto. Pero se equivocan en su desprecio por la construcción política. En Latinoamérica, una transformación parcial aunque no sea corte o ruptura desde la perspectiva de la Totalidad, es a veces la desviación que nos devuelve al camino de la política, entendiendo por política la simultánea experiencia de la posibilidad e imposibilidad de la emancipación.
        En nuestro caso, si hubiera algo así como una izquierda lacaniana, se trataría de una escritura del nudo “borromeo” propuesto por Lacan, ese que reúne tres elementos de tal modo que si se quita uno se separan los tres a la vez. Para el caso se trataría de un nudo entre el Estado, los movimientos sociales y la Construcción Política. Es precisamente necesario un nudo porque los tres elementos citados en la reunión aún permanecen sin resolución histórica. Sólo en el nudo y en la mutua reciprocidad del anudamiento (que no es lo mismo que síntesis o unificación) se recrearán los tres ámbitos. En el caso argentino, ese nudo es la condición para una nueva lectura de aquello que procede de nuestro movimiento de liberación nacional, una lectura que esté a la altura de las exigencias que a partir de ahora se establecen para la izquierda; llevar al campo de la República el surgimiento del Deseo, el deseo de lo que “habré sido para lo que estoy llegando a ser”.


Bibliografía

“Metafísica y Capitalismo” en Jacques Lacan y el debate posmoderno, Ediciones del Seminario, Filigrana,
Buenos Aires, 2000.
“Notas sobre lo impolítico en Argentina” en Notas antifilosóficas. Grama ediciones, Buenos Aires, 2003.

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Pensamiento de los confines, n. 20, Julio de 2007

Comentario en la Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría

E. VASCHETTO (comp.), Depresiones y psicoanálisis. Insuficiencia, cobardía moral, fatiga, aburrimiento, dolor de existir,
Buenos Aires, Grama, 2006, 140 pp.

Esta recopilación de ocho artículos y un diálogo cumple con una doble vocación: la de señalar los caminos posibles de una clínica a la altura del sufrimiento presente, y la de denunciar las insuficiencias, cuando no las intenciones espurias, de las respuestas que la psiquiatría actual ofrece al fenómeno universal de la tristeza. Se trata, pues, de un libro pertinente e impertinente, necesario e incómodo, como lo son todas las quejas en su nacimiento y lo siguen siendo mientras logran mantenerse a salvo de las tentaciones de la propia complacencia. En este sentido, la orientación lacaniana, que es la que anima la parte psicoanalítica del texto, ha permanecido siempre fiel a esa ética del no cejar en sus responsabilidades clínicas y teóricas, y no retroceder ante cuantos escollos interpongan las nuevas formas del malestar en la cultura. Emilio Vaschetto, psiquiatra y psicoanalista argentino, ejerce su labor asistencial en el Hospital Central de San Isidro, en Buenos Aires. Y, como nos ocurre a todos los que enfrentamos una labor similar, se las ve a diario con una clínica en exceso influida por otras variables que el pathos subjetivo.
De ahí que haya elegido el plural para el título de la recopilación –«depresiones»–, y que le haya añadido una coda en forma de
eco. Donde hoy sólo se escucha «depresión», en virtud de un reduccionismo que pretende asimilar la naturaleza del objeto de estudio a la de los materiales técnicos que emplea en su tratamiento, Vaschetto hace resonar algunos términos con que otras tradiciones han nombrado el epifenómeno depresivo, y que la psiquiatría actual haría bien en no olvidar.
Por coral, el libro resulta forzosamente heterogéneo, y sin embargo uno puede hacerse cargo de las intenciones que lo animan
precisamente porque el compilador se ha encargado de mostrarlas al dividirlo en tres partes, y de animar el debate en sendos frentes en el artículo que lo abre. Estas tres versiones en que el texto demuestra su pertinencia e impertinencia son la clínica, la política y la ética, y han de servir también de guía al lector, que encontrará así una unidad entre los artículos y sabrá disculpar algunos errores de edición que en nada empañan, por otro lado, la riqueza de las referencias y propuestas que se dan cita en ellos.
Estamos, pues, ante un libro nacido de una determinada ética, puesto que es, en rigor, desde ella desde donde se defienden una clínica y una política concretas, y de donde nace su espíritu crítico y denunciante: frente a la irresponsabilidad y la mauvais foi, la firme determinación de no desfallecer en la investigación de lo depresivo.
En la clínica, se denuncia la obturación de la subjetividad con las respuestas apresuradas del consejo o del psicofármaco, y se propone la dignificación del síntoma frente al trastorno. En la política, cuestión que hace a las estrategias que emanan de la concentración de determinados saberes y poderes, se defiende de nuevo el síntoma como producto genuino del sujeto ante su masiva objetivación. Se trata, en fin, de una ética de la responsabilidad subjetiva que viene a denunciar esa progresiva desresponsabilización del paciente a la que asistimos a diario en nuestro trabajo cuando lo vemos acogerse al término «depresión» tapando cualquier otra pregunta sobre su deseo. Y que es consciente de que una de las razones primeras de esa dimisión de sus obligaciones para con su libertad se sitúa en que seguramente el discurso médico ha tratado de mitigar las angustias ajenas intentando eliminar primero la propia.
Para enfrentar esta triple tarea, Vaschetto ha reunido intencionadamente a algunos estudiosos de ambos lados del Atlántico, sabedor de cuáles son algunos de los terrenos en que se juega la partida que acabamos de esbozar: la historia, la psicopatología y la misma práctica clínica, psicoanalítica o no.
Todas las aportaciones a este libro tienen en cuenta estos tres campos, aunque se decidan por uno de ellos ya para un estudio más detallado, ya para el simple esbozo de las problemáticas cuya reflexión se muestra más necesaria. Valga como ejemplo la visión histórica del problema de las depresiones que plantean los textos de J. C.
Stagnaro, D. Matusevich, o Jean Garrabé, o el necesario e instructivo recorrido con el que J. M. Álvarez y J. Rodríguez Eiras nos muestran la mutación de la clásica melancolía en la actual depresión. François y Rokaya Sauvagnat se centran en las dificultades psicopatológicas que entraña la psicosis maníaco-depresiva, y G. Stiglitz y E. Berenguer aportan ejemplos claros del atolladero depresivo y las condiciones en que el sujeto puede retomar las riendas de un deseo detenido.
Cierra el volumen, con acierto, una conversación entre Vaschetto y G. García en que se someten a la prueba del diálogo algunas de las cuestiones cuya pertinencia e impertinencia el libro, en su conjunto, pone de manifiesto.
No por vulgarizado y casi ubicuo, el problema de las depresiones ha perdido su prosapia. Una respuesta a la altura de esta versión del malestar pasa por dignificar de nuevo su estatuto de expresión de la subjetividad, atender a su historia, y no ceder a la tentación de resolverlo en trastorno, convirtiéndolo en objeto y tratándolo con los otros tantos objetos con que la sociedad de consumo pretende restañar la herida de la división. Es, sobre todo, esta ética frente al sufrimiento lo que encontrará el lector que eche un vistazo a esta recopilación.
Francisco Ferrández

Publicado en Nº 99. Vol XXVII, fascículo I, Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, Madrid, España, 2007.